domingo, 30 de julio de 2017

María Félix


ANDALUCÍA, hacia 1940

En los años de posguerra la vida se hacía difícil en cualquier lado, sobre todo, en los núcleos urbanos. En el medio rural, sin embargo, gracias al cultivo de la tierra y otros menesteres, aún se sobrellevaba la penuria. En un viejo cortijo, heredado de su padre, que descansaba sobre una pequeña loma rodeado de tierra fértil y nutrido arbolado, vivía María Félix.
Félix era el nombre del marido, pero todos la conocían por la unión de ambos nombres. Con su esposo y sus dos niños pequeños, de siete y cuatro años, parecía no pedir grandes cosas más de lo que ya tenían, excepto el inconveniente que suponía estar algo lejos del pueblo, sobre todo, por la educación de los pequeños. Aunque regularmente, y, salvo climatología adversa, recibían la visita de un maestro de escuela rural que les impartía las clases con más empeño que destreza. Por tanto, sus vidas transcurrían como casi todas las vidas de por entonces, con más fatigas necesidades que otra cosa, aunque, por vivir en el campo, las necesidades primarias estaban más o menos cubiertas.
A media mañana de un día templado y luminoso, cuando el sol se encaminaba hacia su punto álgido, fue a visitarla su amiga de toda la vida, Isabel, acompañada de su marido, a lomos de una desvencijada carreta tirada por un famélico caballo. El motivo de la visita no era otro que lograr algunos frutos del campo, con los que siempre eran obsequiados, que les venían como agua de mayo. Y también para poder comer algo, dicho sea de paso, porque su amiga, conociendo las necesidades de entonces, no los dejaría partir sin comer.
—Vaya por Dios, qué contrariedad—, dijo María.



Precisamente Félix partió antes del alba hacia el pueblo, con ánimo de estar a la hora del mercado, con lo que hemos podido recolectar. Luego hará algún trueque, ya sabes, para aprovisionarnos de cara al mal tiempo. Así que poca cosa os puedo ofrecer. Pero, pasad, pasad y escoged algo de lo que queda, les dijo solícita poniendo de manifiesto la proverbial hospitalidad de aquellas tierras.
Comieron y departieron contando historias de juventud y otras, donde los miedos y las supersticiones propias de aquellos tiempos truculentos, campaban a sus anchas.
— María, ¿como viviendo tan aislados podéis estar tan tranquilos. No tienes miedo, tal como está la situación, y con todos los peligros que acechan?— preguntó Isabel compungida y con evidentes muestras de preocupación.
— Tanto como miedo no, Isabel. Además está Félix y, hasta ahora, démosle gracias a la divina providencia, no ha ocurrido nada. Miedo antes, cuando los cortijos de alrededor no estaban habitados y, los que había, distaban mucho entre sí. Pero ahora, desde que se han trasladado a vivir tanto Juan Castroviejo como los Verdegay, ya no es lo mismo, porque, relativamente, quedamos cerca.
El sol se acercaba a las lejanas colinas marrones tras las cuales no tardaría en precipitarse, dejando que el crepúsculo se extendiera como un manto sobre las yermas llanuras. No hacía mucho que sus amigos habían partido después de comer y de platicar largo rato, cosa que agradeció pues así se acortaba la espera hasta la llegada de Félix. Más tarde, y después de las faenas propias del interior, María salió para recoger la ropa tendida —«ya estará más que seca», pensó— que colgaba en unas cuerdas atadas en el lateral de la vetusta edificación, cuando algo presintió a su espalda. La presencia de un individuo espigado, desaliñado y con un sombrero de ala ancha a la espalda, dio un vuelco a su corazón impidiéndole por un momento articular palabra, tal fue su sorpresa.
— ¿Quién es usted, qué quiere?— preguntó visiblemente desconcertada.
— Perdone señora, no pretendía asustarla— repuso el recién llegado arqueando la boca para dejar ver una de esas sonrisas de medio lado de todo punto sospechosa—, pero tengo al carro no lejos de aquí con el eje de una rueda partido y necesito ayuda, ¿Está su marido?
— Mi marido está detrás, al fondo, junto a la alberca, recolectando unas frutas— acertó a decir atolondradamente tras unos segundos de desconcierto. Actitud que no pasó inadvertida para el recién llegado que esbozó una mueca sardónica. Sabía que Félix solía llegar al oscurecer los días que bajaba al pueblo y para eso aún quedaba largo rato, pues, el sol aún tardaría en ponerse.
— Entonces iré en un momento para ver si me puede ayudar. Gracias señora.
María al ver que el forastero se alejaba, agarró fuertemente del brazo al niño mayor y entraron a la carrera en la casa atrancando la puerta por dentro. El corazón latía tan fuerte que parecía quererle abandonar el pecho. Algo extraño denotó en aquél hombre que le produzco un miedo atroz, exacerbado.
El tipo de aspecto descuidado se percató del ardid de María y en dos zancadas trató de impedir el cierre de la puerta y a punto estuvo de conseguirlo de no resbalar ligeramente en la arrancada. Inmediatamente, María buscó en derredor tratando de localizar a su hijo pequeño, comprobando, estupefacta, que no estaba dentro como creía. Tapándose la boca con ambas manos tratando de evitar el grito desgarrador, se derrumbó de rodillas abrazando al mayor mientras le recriminaba que no hubiese cuidado de su hermano: «Yo también creí que estaba dentro, mamá, estaba aquí dentro con sus coches», gimió presa del miedo el muchacho.
El tipo de feo aspecto giró a un costado con ánimo de encontrar alguna ventana mal cerrada o algo que le permitiera acceder a la casa, y entonces fue cuando vio al muchacho que le miraba con los ojos como platos mientras sostenía con ambas manos un cochecito de hojalata.
— Hola chaval, menuda sorpresa, eh ¿querrás decirle a mamá que abra la puerta?—, le propuso el gigante con una mueca que quiso convertir en sonrisa, pero que solo consiguió asustar al crío que comenzó a berrear llamando lastimosamente a su madre.
— ¡Abre, zorra!— gritó el sujeto fuera de sí, pateando fuertemente la puerta.
La encrucijada en que se encontraba María atenazaba sus músculos y su mente, donde, además de un dilema irresoluble, los pensamientos se precipitaban como en una avalancha. Por un lado, sabía que no podía abrir porque sería mucho peor para todos y, por otro, se retorcía de dolor pensando en la suerte que correría su pequeño.
— ¡Abre o estrello los sesos del niño contra la pared!— volvió a vociferar aquel ser mezquino, aquel extraño visitante que se proponía truncar su tranquila estancia.
— María sentía que el alma se le doblaba de dolor y que todo se aceleraba: la respiración, la sucesión de pensamientos, todo. Solo acertó a gritar fuera de sí con ánimo de amedrentar, aunque podría adelantar su nulo resultado: «¡mi marido no tardará en aparecer, es su hora de llegar. Por favor, déjenos en paz y será mejor para todos. No sabe quién es mi marido, le hará pedazos si se le ocurre tocarnos!».
El forastero, emitiendo algo parecido al gruñido de una rata, agarró al chico por los tobillos, lo levantó en vilo, y, girando rápidamente en torno suyo, descargó la cabeza del muchacho contra la pared. Un golpe seco dejó todo en silencio.
María supo rápidamente lo que había pasado porque los gritos del pobre niño cesaron súbitamente tras el golpe letal. Se volvió loca pateando la puerta y profiriendo atropelladamente, en una amalgama ininteligible, golpes, alaridos e insultos.
Después de la atroz hazaña, el sujeto emprendió carrera alrededor de la casa hasta acertar con un ventanuco de la parte trasera por el que no le sería difícil penetrar. Para ello, solo tendría que romper un travesaño de madera y una tela metálica medio raída.
La conmoción había producido en María un estado de shock que la paralizó por completo. Tuvo que ser alertada por el muchacho de las nuevas intenciones del sujeto para que pudiera reaccionar a tiempo. Sobresaltada, agarró a su hijo mayor de la mano y, juntos, se introdujeron en la despensa, un cuarto fresco donde guardaban víveres, aperos y otros enseres, y cerraron la puerta con una tranca horizontal. Su fe pareció renacer al fijar la vista en un hacha de gran hoja y reluciente filo que colgaba de un gancho en el techo. La descolgó sin destreza, pero se aferró a ella con tal fuerza que hasta se le blanquearon los nudillos. Desde dentro, oían presas del pánico, las fuertes pisadas del energúmeno que había ido a destrozarles la vida sin motivo aparente. El individuo soltó una patada, que les resultó tan atronadora como si estuvieran derribando la casa, partiendo al unísono varias tablas de la reseca puerta, para asomar la cabeza a continuación ante los gritos de horror de María y el desenfrenado llanto del chico. Entonces pudo ver con claridad las facciones desencajadas del perturbado: sus ojos inyectados en sangre y su mirada furiosa, parecían los de una fiera presta a saltar sobre su presa. De pronto, sacando fuerzas de flaqueza y tras un grito desgarrador, descargó el hacha con tal violencia que rebanó de un tajo el gaznate del malhechor. Su fea y repelente cabeza cayó a plomo rodando apenas media vuelta hasta quedar inerte frente a ellos con la mirada hueca mientras el resto del cuerpo yacía al otro lado de la maltrecha puerta. Y allí quedaron los dos, atenazados por el pánico, hasta que la exhausta María Félix fue recobrando el fuelle y normalizando la respiración.
Su marido, no tardó mucho más en aparecer. El caballo y la acémila estaban tan cansados como el jinete. Sin embargo, pese al cansancio, notó que algo raro flotaba en el ambiente ya que no divisaba ni a su esposa en el umbral ni a los chicos corriendo hacia él como era habitual cada vez que se ausentaba. Hasta que no logró divisar el cuerpecito inerte del pequeño y la mancha roja carmesí encima de él, no reaccionó. Saltó del caballo y, como un loco, comenzó a aporrear la puerta cayendo postrado de rodillas y llorando desconsoladamente hasta que la abatida María desatrancó la entrada.
La noche cayó sobre ellos como una losa. La luna, henchida y brillante, bañaba de penumbra la desgarradora escena. Tenía cerco y, eso, presagiaba mal tiempo.
El suceso conmocionó a la vecindad y a todo el pueblo. Nunca supieron las causas de aquel horrendo crimen ni conocieron identidad alguna sobre el autor, sobre aquél hombre horrible y sanguinario que les destrozó la vida.

De no ser porque la fantasía popular ha ido novelando esta historia a través de los años, convirtiéndola en una leyenda urbana más, podría pasar por real. Sea como fuere, hay quiénes sostienen que, tras tan sangriento asesinato, María Félix perdió la razón.


2 comentarios:

  1. El relato me ha puesto los cojones por corbata.

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  2. Gracias, Mariano, aunque no era ese el propósito. Solo he tratado de novelar una historia contada por una persona muy venerada por mí y que daba por auténtica.

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